Los Príncipes deslumbran en El Vaticano

Los Príncipes de Asturias fueron el centro de todas las miradas en la beatificación de Juan Pablo II, en El Vaticano.

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Los Príncipes viajeros

Después de haber asistido al enlace entre el príncipe Guillermo y Kate en Londres han viajado hasta Roma para asistir a la beatificación de Juan Pablo II. También estarán presentres otras cuatro casas reales y 16 jefes de Estado.

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Atentos a la ceremonia

La delegación oficial española estuvo formada por siete personas, entre ellas el vicepresidente tercero del Congreso, Jorge Fernández Díaz. La secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, también presente en Roma, era parte de la delegación oficiosa, de 20 miembros.

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Cumpliendo el protocolo

Don Felipe y Doña Letizia llegaron a la plaza de San Pedro donde fueron saludados por altos cargos del Vaticano, entre ellos los monseñores españoles que prestan servicio en la Secretaría de Estado. Los Príncipes de Asturias fueron recibidos por Benedicto XVI en privado, sin el resto de los miembros de la delegación española. Fue un saludo breve y afectuoso.

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Una imagen celestial

Doña Letizia vestía un traje corto de riguroso negro y con una mantilla cubriéndole la cabeza, en contraste con el blanco de Paola de Bélgica o María Teresa de Luxemburgo, junto a la que estaba sentada, porque el vestir de blanco es un privilegio en el protocolo del Vaticano que tienen las Reinas católicas.

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Con la Gran Duquesa

La Princesa Letizia charla amigablemente con María Teresa, la gran duquesa de Luxemburgo durante la ceremonia de beatificación celebrada por el Papa Benedicto XVI en la Ciudad del Vaticano.

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Con Berlusconi

En la segunda fila, detrás de los Príncipes de Asturias, que fueron saludados antes de la ceremonia por Silvio Berlusconi, se situaron el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, la vicepresidenta de la Generalitat de Cataluña, Joana Ortega, y la nueva embajadora cerca de la Santa Sede, María Jesús Figa.

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La Plaza de San Pedro

La Plaza de San Pedro, centro de la ciudad del Vaticano y enclave obligatorio para los católicos estaba repleta de gente que no quería perderse la beatificación de Juan Pablo II, "el Papa viajero".

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